24 Apr
24Apr


Vivo en una ciudad mediana. Cada mañana, camino diez minutos desde mi portal hasta el metro. En ese trayecto, paso junto a tres personas durmiendo en el suelo. Una en un cajero automático, aprovechando el pequeño resquicio de calor que desprende la máquina. Otra bajo el alero de una tienda que cerró hace meses. La tercera, en un parque, con una manta tan fina que parece un chiste.


No las saludo. No las miro. He aprendido a hacer ese pequeño ajuste en el cuello que evita que mis ojos se posen sobre ellas. No es que no las vea. Es peor: las veo y decido no verlas. He perfeccionado el arte del desvío. Como todos. Esto no es un fallo individual. Es una característica estructural de la ciudad contemporánea. Y dos artistas, muy distintos entre sí, lo diagnosticaron antes de que la indiferencia se volviera epidémica.

Con la reciente campaña solidaria (fondos para medical Aid for Palestina) de mezenazgo de Walhalla Editorial para el juego de rol de la Ciudad y la Ciudad, la obra de Mieville, me he puesto a pensar.


China Miéville y "desver": En La ciudad y la ciudad, China Miéville describe un universo en que dos ciudades, Besźel y Ul Qoma, ocupan el mismo espacio geográfico pero sus ciudadanos han sido entrenados para "no ver" a los habitantes de la otra. Caminan por la misma calle, pero miran a través de ellos. Un besźeliano puede estar a dos metros de un ulqomiano y simplemente no verlo. No es que no esté ahí. Es que han aprendido a desver. Ismael Rodríguez escribió sobre ello en La Soga.


La novela es una alegoría de la segregación, la limpieza étnica y la negación colectiva. Pero también es, sin proponérselo del todo, el mejor retrato de cómo nuestras ciudades tratan a las personas sin hogar. Porque eso es exactamente lo que hacemos cada día.

 No hemos construido muros físicos. Hemos construido un muro en la retina. Caminamos junto a personas que duermen en cartones y las desvemos. Nuestro cerebro las registra como mobiliario urbano, no como seres humanos. Un bulto. Un problema. Una mancha que el ayuntamiento debería limpiar.


El sociólogo Zygmunt Bauman llamó a esto "la producción de residuos humanos" – personas que sobran en el sistema, que no tienen lugar asignado. Miéville añade el mecanismo perceptual: para que el sistema funcione, la ciudad debe enseñarnos a no mirar a sus residuos.


¿Y cómo nos enseña? Con pequeños gestos cotidianos. El semáforo que cambia justo cuando te acercas al cajero donde alguien duerme. El diseño de los bancos con apoyabrazos para que no puedas tumbarte. La iluminación agresiva en ciertos soportales. La retirada de papeleras para que no acumulen basura. Todo eso son lecciones. Nos dicen: aquí no hay nadie. Sigue caminando.

Se aprende a no ver. Lo he hecho yo. Lo haces tú. Es La pedagogía de la indiferencia. Lo hacen casi todos. Cuando los niños pequeños ven a una persona durmiendo en la calle, preguntan. "Mamá, ¿por qué ese hombre está en el suelo?" "Papá, ¿por qué tiene esa manta tan fea?" Y los adultos responden con un "no mires" o un "sigue andando" o, en el mejor de los casos, un "es que no tiene casa, pobrecito, pero no podemos hacer nada".


En tres respuestas, el niño ha aprendido la lección: esto es incómodo, no se habla de ello, no hay solución, sigue caminando. A los diez años ya no pregunta. A los quince ya no mira. A los veinticinco ya ha perfeccionado el desvío cervical que le permite pasar junto a un cuerpo tendido sin registrar nada.


Esa es la verdadera pedagogía de la ciudad. No enseña geometría ni historia. Enseña indiferencia. Y lo hace tan bien que ni siquiera notamos que lo ha hecho.


George Romero y el ejército de reserva de Marx: La indiferencia no es solo un fracaso individual. Es también, como diagnosticó George Romero, un retrato de cómo una sociedad trata a los que considera "prescindibles".
En La noche de los muertos vivientes (1968), los zombies no son monstruos. Son los muertos que vuelven, claro, pero lo interesante es cómo reaccionan los vivos: se atrincheran, se matan entre ellos, toman decisiones crueles. Los verdaderos monstruos no son los que caminan arrastrando los pies. Son los que se encierran en una casa de campo y discuten mientras afuera arde el mundo.

En El amanecer de los muertos (1978), Romero coloca a sus zombies dentro de un centro comercial. Deambulan entre las tiendas, empujando carritos, mirando escaparates. Es una imagen genial: los zombies no son otra cosa. Son consumidores sin consumo. Son el reflejo de la sociedad que los creó. En El Capital, Marx acuñó el concepto de "ejército industrial de reserva": un conjunto de trabajadores desempleados que el capitalismo mantiene en la reserva para presionar los salarios a la baja y disciplinar a los empleados. Son los "prescindibles". Los que sobran. Los que pueden ser llamados al trabajo cuando se necesitan y devueltos a la nada cuando no.


Los zombies de Romero son eso: el ejército de reserva hecho carne podrida. Son los que han quedado fuera del sistema, pero el sistema los necesita como amenaza constante. Dan miedo porque podríamos ser ellos. Porque mañana, si pierdes el trabajo, si te enfermas, si te desahucian, podrías estar caminando arrastrando los pies detrás de un carrito de supermercado.


El crítico de cine Robin Wood lo expresó perfectamente: "Los zombies de Romero no son los otros. Somos nosotros. Somos los que hemos sido desechados por el sistema y hemos perdido toda individualidad. Y lo aterrador es que los vivos se comportan exactamente igual que los muertos".


Los sin hogar como nuestros zombies cotidianos. Ahora vuelve a mirar la calle. Esa persona envuelta en una manta sucia, que no ha comido en dos días y que la gente rodea sin mirar. ¿En qué se diferencia de un zombie de Romero? No en lo esencial. Porque lo que Romero retrató no era una invasión de monstruos. Era el proceso por el cual una sociedad decide que ciertos seres humanos han dejado de ser considerados personas, han dejado de contar, han dejado de ser sujetos de derechos.


El sinhogarismo es, en ese sentido, una forma de muerte civil antes que física. Cuando duermes en la calle, pierdes el derecho a la intimidad. Cuando no tienes domicilio, no puedes empadronarte. Cuando no estás empadronado, no puedes acceder a sanidad, a educación, a un trabajo formal. El sistema te ha expulsado. Lo reflejó Sara Mesa en su obra "Silencio administrativo".


Hay un experimento mental que circula en ciertos círculos activistas: imagina que tratas a cualquier otro colectivo como tratamos a las personas sin hogar. Imagina que aplicas la misma indiferencia, la misma criminalización, la misma retórica del "se lo ha buscado". No lo harías. Pero con ellos sí. ¿Por qué?
Porque los hemos deshumanizado. Porque hemos aprendido a desverlos. Porque son nuestro ejército de reserva particular, la masa informe que nos recuerda lo frágil que es todo.


Hay un aspecto más oscuro, y aquí Romero es implacable. En sus películas, los vivos no solo temen a los zombies. Temen convertirse en zombies. Una mordedura, un rasguño, y ya eres uno de ellos. Por eso los matan sin piedad. Por eso los queman. Por eso los mantienen a distancia. Con las personas sin hogar ocurre algo parecido, aunque nadie lo diga en voz alta. La indiferencia no es solo crueldad. Es miedo al contagio social. Si me detengo a mirar, si hablo con esa persona, si reconozco su humanidad, entonces tengo que reconocer que podría ser yo. Y eso es insoportable.


El filósofo Emmanuel Levinas escribió que el rostro del otro nos interpela, nos llama a la responsabilidad. Pero Levinas no contaba con el poder de la ciudad para entrenarnos en no ver rostros. Lo que la indiferencia hace es precisamente eso: borrar el rostro. Convertir a la persona en un bulto, en una mancha, en un "problema estructural" que no requiere respuesta individual. La película de Romero se cruza con el desvío de Miéville. El zombie no tiene rostro. Es una masa anónima que camina. La persona sin hogar, para la mayoría de los ciudadanos, tampoco tiene rostro. Es "los sin techo", "la pobreza", "la exclusión". Categorías, no nombres. Problemas, no personas.


No voy a decir que si cada uno diera un euro se acabó el problema. El sinhogarismo es estructural, tiene raíces en la especulación inmobiliaria, la precariedad laboral, la privatización de servicios públicos y la quiebra del estado de bienestar. Pero también hay algo que cada uno puede hacer, y es más pequeño y más difícil de lo que parece: dejar de desver. Mirar. Reconocer. Decir "buenos días" aunque no respondan. Sentarse un rato si te lo permiten. No cruzar la calle. No desviar la mirada.
La teórica feminista Sara Ahmed ha escrito sobre la "política de la orientación" – cómo nuestra mirada no es neutral, sino que está entrenada para dirigirse hacia unas cosas y alejarse de otras. Desver es una orientación. Puede desaprenderse.


Aquí la literatura y el cine nos ayudan. Porque Miéville nos mostró que la ciudad que nos entrena para no ver también puede ser desobedecida. Porque Romero nos mostró que los zombies son espejos, no amenazas. Porque la próxima vez que pases junto a alguien durmiendo en un cartón, puedes elegir verlo.

La ciudad de Miéville es un lugar donde dos comunidades comparten el mismo espacio pero se niegan a verse. La nuestra no es muy diferente. Solo que nosotros no tenemos una ley que nos obligue a desver. Tenemos una costumbre. Un hábito. Un reflejo cervical que se ha vuelto automático. La pregunta es: ¿podemos desaprenderlo? ¿Podemos mirar a los que la ciudad nos ha enseñado a ignorar? ¿Podemos reconocer en el rostro sucio y cansado de una persona sin hogar el mismo rostro que Levinas decía que nos llama a la responsabilidad?
No lo sé. Pero sé que, mientras escribo esto, afuera hace frío. Y hay gente durmiendo en el suelo. Y yo mismo, esta mañana, pasé de largo sin mirar. Pero no necesariamente sin ver.

Recomendaciones: China Miéville, La ciudad y la ciudad (2009); George Romero, El amanecer de los muertos (1978); Robin Wood, "The American Nightmare: Horror in the 70s" (1979); Sara Ahmed, "Queer Phenomenology" (2006); y, si te atreves, un paseo nocturno por tu ciudad sin desviar la mirada.

Ismael Rodríguez escribió sobre ello en La Soga.

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