05 Feb
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En Civil War (2024), la película de Alex Garland, hay una escena clave: En medio del caos de la guerra, los fotógrafos llegan a un pueblo intacto, a donde no ha llegado el conflicto. En una tienda, una dependienta lee un libro, distraída. 'Intentamos mantenernos al margen', les dice a los estupefactos corresponsales. Es la frase más aterradora de la película. 

No es neutralidad; es un desacoplamiento consciente de la realidad: El mismo tiempo de la acción queda fuera de quicio, se ralentiza. Mientras el país se desangra, ella y su pueblo han construido una burbuja de realidad paralela, donde la guerra es un rumor lejano, un contenido más. Ya no vivimos en un mundo común, sino en cámaras de eco emocionales e informativas donde la catástrofe puede ser puesta en pausa con un gesto.

A pesar de dejar el enfrentamiento civil en un sugerido y sugerente segundo plano, el foco de Garland es otro. Susan Sontag analizó cómo las imágenes de guerra pueden anestesiar en lugar de concienciar. El fotógrafo, en su búsqueda de "la toma perfecta", puede convertirse en un voyeur profesional. Lee (Kirsten Dunst) y sus compañeros son zombies éticos. Han visto tanto horror que ya no reaccionan. Su profesionalismo es una coraza contra el sentimiento. No fotografían para denunciar, sino por oficio, por rutina. La imagen ha perdido su poder de testimonio y se ha convertido en mercancía del morbo. El periodista en Civil War no informa; curatea atrocidades.

La hipnocracia (un libro desarrollado como experimento por un filósofo italiano y una IA, bajo pseudónimo) describe un régimen donde el control no se ejerce por la fuerza, sino por la inducción de un estado de coma psíquico a través de la sobreinformación, la personalización de realidades y la estetización del caos.

Lee y su equipo no son testigos, son somnámbulos con cámaras. Su ritual (encuadrar, disparar, seguir) es un procedimiento hipnócrata: convierten el trauma en footage, lo vuelven manejable, lo domestican, lo manufacturan, lo monentizan y comercializan. La pregunta de la película no es "¿quién ganará la guerra?", sino "¿cuánto horror puede procesar un ojo profesional antes de que deje de ser un ojo humano?".

En "Nightcrawler" (2014) película de Gilroy, Lou Bloom convierte su mirada en la del especulador cínico de truculencias, no siente, sólo produce contenidos de catástrofe para una audiencia ávida de morbo. Los fotógrafos de Civil War son la versión "élite" y cansada de este mismo principio.

La guerra en la película es incomprensible porque no hay un "nosotros" para entenderla, su representación se produce y se consume de modo espectacular y cínico. Byung-Chul Han ("La Expulsión de lo Distinto") habla de la "cámaras de eco" y la "sociedad sin dolor", donde lo discordante es eliminado, no por represión, sino por hipercomunicación que lo vuelve ruido. La guerra en Civil War carece de sentido político claro (¿quién lucha y por qué?) porque el contrato social que haría inteligible un conflicto ya se rompió. No hay ideología, sólo tribus. El presidente es un "populista" vacío, un signo flotante. La guerra es el resultado de la imposibilidad de un diálogo sobre una realidad compartida.

Jean Baudrillard ("La Guerra del Golfo no ha tenido lugar") argumentó que la cobertura mediática de la guerra la convierte en un simulacro, un espectáculo desvinculado de la realidad material. Los periodistas en Civil War están atrapados en el "doble simulacro": cubren una guerra que ya es, en sí misma, un performance para las cámaras (el presidente dando discursos frente a snipers). Ellos producen el simulacro que los hipnócratas (como la dependienta) consumirán como entretenimiento lejano.


La dependienta no es neutral; es una secesionista de la realidad. Su burbuja es más sólida que las líneas del frente. Pero el choque de realidades no lo es de una burbuja frente a la verdad desnuda: Es un choque entre cámaras de eco. Los periodistas viajan entre burbujas: desde la burbuja aséptica del hotel de prensa hasta la burbuja de horror del combate. Su misión es perforar burbujas para mostrar lo que hay dentro, pero ya nadie, ni ellos mismos, puede procesar lo que ven. El horror, más allá de su banal existencia, no logra despertar empatía, ni suscita preguntas sobre sus causas. Es un espectáculo más.

¿Qué Hacemos en un Mundo de Burbujas que Estallan? ¿Puede surgir un principio de esperanza, o al menos una contención de la entropía en un presente de acelerada avalancha de acontecimientos a la vez históricos e histéricos?¿Podemos escapar a la fría indiferencia que nos protege del horror y de la ansiedad frente al colapso, entumeciendo la empatía?¿Es posible seguir siendo humano en un mundo inhumano? Al menos nos sigue perteneciendo la posibilidad de hacernos esa pregunta. Aún queda margen para la agencia, para cambiar el curso automatizado de una mirada al abismo totalmente muerta, de la indolencia de los últimos hombres ante la Historia.


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